
Por azares del destino, hace un par de días me encontré tomándome un delicioso Bacardi blanco, coca - dieta y poquito limón al lado de un ex gobernador. Visto así suena muy nice, pero la verdad fue una oportunidad de las pocas que tengo últimamente de saborear no solo un buen ron sino una charla con un hombre del poder fuera del poder.
Mi historia con Ignacio Loyola Vera, el “panista que sacó al PRI de la casa de la Corregidora” como dirían los melancólicos mercadólogos políticos, tuvo algunos altibajos. Fue el único personaje queretano que me valió una portada principal durante mi paso por el periódico REFORMA; me regaño como gobernador por mis comentarios al aire y sin embargo y pese a todo, nunca me censuró. Aunque nunca fui su director amigo ni consentido, siempre conté con la deferencia de sus diferencias y el respeto a las mías.
En ese encuentro inesperado, pero que nos permitió charlar un buen rato, me encontré con un Loyola, sin chofer ni guardaespaldas, con una camioneta poco ostentosa y saludando a amigos y solo conocidos. Un ex gobernador que pese a todos sus defectos como gobernante y ser humano, no ha dejado su tierra y los comentarios a su alrededor no son insultantes como hacia otros ex mandatarios ( ahí te hablan, Marianito!!!)
Loyola hoy me parece que sin haber sido un gobernador visionario – de hecho la historia cuenta que ni siquiera esperaba ser gobernador- sí fue más transparente que muchos otros. Sus comentarios ocurrentes, sus bromas ante periodistas, su cambio de look y el perico Blas, fueron sin duda , junto con su aumento de sueldo –al que por cierto no solo no renuncio el actual gobernador Garrido, sino hasta lo aumentó en su momento-algunos de sus sellos personales.
De hecho, uno de los actos más cuestionables en su mandato, la demolición del CRIQ y las denuncias contra sus funcionarios, evidenciaron ser más un asunto de bronca entre él y Garrido que otra cosa. Si con esa vara se midiera a todos los funcionarios, más de uno estaría en al CERESO local.
Hoy, con Bacardi en mano y a la luz del Argentília, Ignacio Loyola me pareció un buen hombre.
Lejos del poder muchos lo parecen y tras de ello me pregunto si al terminar su gobierno, Francisco Garrido podrá, pese a todo, sentarse junto con Alfredo Botello a tomarse un café y asumir, sin el poder de por medio, el buen o mal juicio que sobre su persona y su gobierno haremos los queretanos.

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